
Supongo que es necesario hablar de De Juana Chaos. Aunque siempre temo, en este país nuestro, que al centrarnos en "el personaje" olvidemos "el problema". Un problema nacional, de carácter básico, que desde hace mucho tiempo está socavando la seguridad de los bienes y las personas.
Del mismo modo en que se tiene la ilusión de que el gasto público no lo paga nadie, es mágico, también existe entre muchos españoles (de ayer y hoy) la ilusión de que no existe relación entre la calidad del sistema penal (o el sistema penal mismo) y la seguridad con que discurre la vida en sociedad. Así queda todo reducido a un problema de educación en el que medios de comunicación, productos multimedia y capitalismo en general tienen al parecer un papel clave. Estaríamos todos más seguros si fuesemos mejor educados. Esto, que la historia desmiente con furiosa inclemencia, es la papilla con la que somos bombardeados habitualmente llevando a muchos a la indiferencia irresponsable de la que sólo parecen desprenderse ante la visión de monstruos. Monstruos como son De Juana o los más notorios criminales sexuales.
Otros alcanzan valor para pedir amparo y apoyo a las víctimas. A las víctimas del terrorismo. Pero no vemos nada parecido en apoyo de las víctimas de delitos en general. Como si la seguridad de bienes y personas fuese un problema mezquino digno del orden del día de comunidades de vecinos, cuando lo es todo (o debiera serlo) para una comunidad política que aspire a alguna clase de legitimidad. Y es indiscutible que en España se ven desamparadas multitud de víctimas de multitud de delitos que no inspiran manifestación alguna. De hecho, hace unos meses todo el país se sorprendía de que agredir gratuitamente a alguien no supusiese pena de cárcel. Vergüenza de país.
Pero no me malinterpreten. No soy partidario sino más bien declarado enemigo de esas reflexiones relativistas que sugieren que el terrorismo es un problema menor por cobrarse menos víctimas que los accidentes de carretera o el empacho de pasteles. Porque la gravedad de los fenómenos criminales no se cifra tanto en las víctimas que la categoría en que se encuadren generen sino por sus objetivos. Todo sistema penal debe contener al fin y al cabo una política criminal.
El terrorismo es una clase de lucha política merced a la cual un grupo minoritario aspira a imponer sus visiones acerca del Estado a una mayoría de ciudadanos. Sus argumentos son los evidentes: la capacidad de producir cadáveres y de sembrar la inseguridad en nuestros corazones. Aspiran a hacerlo hasta que no nos atrevamos a hablar, a escribir y, finalmente, a pensar. Así, cuando nadie hable, escriba o piense la mera fuerza será elocuente y ellos, en esas, esperan poder apoderarse del espacio político del que quieren erigirse en déspotas. Sus objetivos difícilmente podrían ser más ambiciosos y por tanto sus crímenes dificilmente serían menos graves. Como se decía antes: ningún Estado que aspire a la legitimidad puede dejar actuar a criminales semejantes sin hacerles acreedores de castigos terribles. Son criminales horrendos.
Ciertamente debe haber alguna razón por la que nos conmuevan tanto los grandes asesinos y los criminales sexuales de determinada naturaleza. Hay quien prefiere mantener una suerte de cinismo pero en buena medida una mayoría, puede que abrumadora, estamos de acuerdo en que hay crímenes tras cuya comisión no cabe, no se merece, reinserción. ¿Será que somos civilizados? Y es que al igual que se dijo que después de Auschwitz no era posible hacer poesía podría decirse que después de matar a veinticinco personas no debe ser posible volver a ser un ciudadano libre. Creo, además, que se equivocan quienes dicen que el "arrepentimiento" hace variar las cosas en exceso. Como se suele decir: a lo hecho, pecho.
Todo sistema penal se enfrenta al reto de ser coherente y sólo algunos lo consiguen. Dado que unos delitos son más graves que otros sus penas se establecerán en base a tan sencilla realidad. De tal modo, quien mata a una persona a sangre fría recibirá menor pena que quien hace lo mismo pero con dos personas y así sucesivamente. Lo que pasa es que cuando se excluye el concepto de crimen horrendo (el punto de no retorno o no reinserción) se condena a todo el edificio penal a la incongruencia y el absurdo. Entonces vemos el carnaval de condenas a tres milenios de prisión que se quedan en veinte o, conforme a la ley vigente, treinta como mucho (o cuarenta en caso de determinados terroristas reincidentes). A todas luces resulta insuficiente resultando preciso, más bien, que se prevea cuando menos la muerte social (cadena perpetua) para los criminales horrendos. Los monstruos como De Juana Chaos, y otros tantos delincuentes reincidentes, nos recuerdan esta acuciante necesidad.
El asesinado no tiene una segunda oportunidad, ¿por qué el asesino sí? Porque les recuerdo a todos esos reformadores sociales que han edificado nuestra inseguridad presente que el asesino no es un homicida accidental sino aquel que, como dice el Código Penal claramente, mata con alevosía (habiendo buscado la indefensión de la víctima); mediando precio, recompensa o promesa; o con ensañamiento. No estamos pues ante alguien que accidentalmente se encuentra en tal posición. Mucho menos cuando se asesina a varias personas mediante el uso de explosivos u armas semejantes. ¿Quienes resuelven realizar tales acciones pueden al cabo de unos años sonreir en libertad? Acaso pueda resultar tópico hacerse tales preguntas pero son necesarias. Son necesarias ante el evidente caos y horror al que nos aboca la filosofía penal detrás de determinados pasajes de nuestra Constitución de 1978 y todos los códigos penales que puedan crearse en respeto de aquellos. No debemos pensar que treinta años de prisión sean suficientes por el hecho de que nosotros, ciudadanos honrados, los juzguemos una enormidad. Debemos hasta cierto punto pensar como la víctima, ponernos en su lugar, y recordar que toda justicia debe contener un castigo, una venganza. De lo contrario se llegará a la conclusión de que la sociedad debiera librarse de personajes como De Juana Chaos, o tantos y tantos horrendos criminales sexuales (que son asesinados por presos comunes en las cárceles), mediante actos al margen de la ley: venganza privada, en definitiva. Y eso, ni que decir tiene, es la vuelta a la jungla.
Los que ahora sugieren que deberíamos meter en la cárcel por cualquier menudencia a De Juana Chaos para volver a soltarle el verano próximo o el mes que viene no tienen cabeza. Aquí no se trata de poner remiendos, hay que dar un cambio radical a la ley aprovechando precisamente el efecto revelador de monstruos como De Juana para obrar dicha reforma constitucional. España debería dejar de pendular entre los linchamientos y la impunidad legal: nos merecemos algo mejor. ¿O no?
No más "De Juanas", no más víctimas burladas.
"El mayor crimen está ahora, no en los que matan, sino en los no matan pero dejan matar" Ortega y Gasset dixit.